Origen de la fiesta de Nuestro Padre Jesús de la Columna.

Jesús de la Columna: Devoción secular de Torres.

Se celebraban muchas fiestas religiosas y estaba muy extendida la costumbre de fundar memorias, que eran unas instituciones pías sostenidas por una persona; en 1741 Torres contaba con treinta memorias aproximadamente. Estas memorias solían llevar consigo la celebración de una fiesta mayor o menor, según determinara el fundador en honor de un Santo. En 1741 don Francisco de Medina y Berrio, presbítero de la Villa; "Dotó y fundó en la Iglesia Parroquial de Santo Domingo una memoria perpetua de una fiesta mayor con diácono y subdiácono, el día 14 de septiembre de cada año a la milagrosa imagen del Señor de la Columna". Imagen que era muy venerada entre los vecinos por su fama milagrosa. No sólo se celebraba esta fiesta, como hemos dicho anteriormente, sino que se celebraban muchas más, entre las que podemos citar la de la Candelaria, las del Corpus y las del Santísimo Sacramento, o las fiestas principales que por entonces se celebraban en honor de San Juan Crisóstomo. Pero fue la de septiembre, en honor de Nuestro Padre Jesús de la Columna, fiesta que no era patronal sino exclusivamente religiosa, la que perduró a través del tiempo y con su progresiva secularización ha llegado hasta nosotros.

Jesús de la Columna: Devoción secular de Torres. Actualmente es considerado patrón de Torres a Jesús de la Columna, pero desconocemos desde cuando lo fue e incluso, dada la falta de documentación al respecto, se ha dudado que institucionalmente lo fuera. Ya en el siglo XVIII el fervor a esta imagen de Jesús estaba muy extendido en el pueblo, gozando de gran devoción entre los vecinos por los milagros que de ella recibían. El 14 de septiembre, en su honor celebraban una fiesta mayor con sermón y la exposición del Santísimo Sacramento durante todo el día. Sin embargo era considerado patrón San Juan Crisóstomo y sus fiestas patronales se celebraban en enero conmemorando la festividad de este Santo Obispo que fue padre de la Iglesia de Oriente y Patriarca de Constantinopla y al que por su gran elocuencia se le llama Crisóstomo, que significa "boca de oro". Eran fiestas de carácter eminentemente religioso. También durante la centuria del setecientos, durante el mes de septiembre tenía lugar otra fiesta, en esta ocasión de carácter profano, la misma incluía la celebración de festejos taurinos en la Plaza del Ayuntamiento y en el mismo recinto se brindaba con risol, entonces llamado "rosolí". Como vemos este exquisito licor, que forma parte de nuestra tradición gastronómica, ya era conocido por los torreños. Lo elaboraban en sus hogares y se reservaba para las ocasiones de especial relevancia como podía ser la celebración de una fiesta o de cualquier otro acontecimiento significativo para la vida familiar. Las fiestas citadas coexistían con otras como las del Dulce Nombre de Jesús que tenía lugar el primer día del año, en ellas se celebraba una misa solemne con sermón y repique general de campanas. Las de la Virgen del Rosario que se celebraban el 4 de septiembre, después de oficiarse una misa con sermón se sacaba la Virgen. Otras eran las de la Purificación de Nuestra Señora, San Blas, San Antón, San Marcos y más tarde las del Cristo de los Jornaleros. Todas, como vemos por su advocación, eran de carácter religioso y nos muestran las distintas inclinaciones devocionales que sentía la población. Además habría que añadir la devoción que también secularmente mostró la población de Torres por el Cristo de la Vera Cruz, figura que siempre estuvo unida a la sequía. A este Cristo se encomendaba la población cuando la falta de lluvias amenazaba con la pérdida de las cosechas y la consiguiente aparición de situaciones de carestía y hambres. Por ello, era muy frecuente sacar en procesión de rogativas la imagen de este Cristo, una desaparecida talla del siglo XVI que fue realizada por el escultor renacentista Juan de Reolid en el año 1544. Por otro lado, asociado con el ejercicio de la caridad podemos incluir a San Sebastián, por cuya festividad se entregaban a los pobres de la localidad varias fanegas de trigo almacenado en el pósito. Otras manifestaciones de la religiosidad popular podemos apreciarlas en las Cofradías que en el siglo XVIII existían en la Parroquia. Entre otras, citamos las del Santísimo Sacramento, la de Nuestra Señora de la Cabeza y las de la Virgen del Rosel. Las Cofradías y muchas de las devociones citadas han desaparecido. Otras están arraigando nuevamente en los fieles, como es el caso de la Virgen de la Cabeza. Y en cuanto a las festividades sólo perdurará la de San Marcos, la del Cristo de los Jornaleros, y la de Jesús de la Columna. Por lo que respecta a las fiestas de carácter profano que tenían lugar en septiembre pasaron a convertirse en patronales, dedicadas a Jesús de la Columna que al menos desde el siglo XIX podemos considerar como patrón de los torreños. La secular devoción que existe entre la población de Torres por Jesús de la Columna, según la leyenda arranca de los relatos de una señora que aseguraba tener varios sueños en los que siempre veía la imagen del Santo Cristo oculta entre las bóvedas de la Iglesia Parroquial. Como quiera que comunicase sus sueños a las autoridades civiles y eclesiásticas, estas acudieron a la iglesia y pudieron comprobar que en efecto allí se encontraba la imagen milagrosamente intacta. Este hecho milagroso propició que se extendiera la devoción hacia esta representación pasional de Jesús. La importancia con que arraigó la devoción en la población fue tan grande que en el último tercio del siglo XIX una mujer, casada con Martín Fernández, en agradecimiento por la curación de su hijo que había padecido una grave enfermedad, ofreció rifar un novillo para con su producto costear una nueva imagen del citado Cristo. Parece ser que la rifa no se realizó. No obstante, Fernández compró la imagen con el dinero recaudado, considerándola como propia cuando en realidad la habías costeado todo el pueblo, convirtiéndose la rifa, puesto que no se desprendió del novillo, en una suscripción popular. El interés del Sr. Fernández por suplantar la vieja imagen suscitó recelos entre el obispado y el párroco. Este último se opuso al cambio de la imagen y se negó a acompañarla a la iglesia argumentando la negativa de los fieles a su traslado puesto que su fervor "en vez de disminuir aumenta más y más acaso por las continuas exigencias que se vienen haciendo para su desaparición", y añadió que "era tanta la fe y veneración que el pueblo tenía que sería imposible tal sustracción sin exponernos a un grave conflicto". Por parte, los vecinos, si en principio estuvieron de acuerdo con el cambio de la imagen, puesto que colaboraron en la compra de las participaciones para la rifa del novillo, más tarde y después de lo sucedido no quisieron que se cambiara. En definitiva, que estos acontecimientos sucedidos en torno a 1888 aumentaron la devoción que el pueblo tenía a la imagen de Jesús atado a la columna, en honor del cual y según manifestaba el párroco de entonces, ya se celebraban las fiestas mayores el día 21 de septiembre con "un entusiasmo indescriptible".